Vivía en el mundo en el que dos más dos es cuatro; en ese mundo
que tiene cuatro lados que miden lo mismo; en ese que los zapatos de uno tienen
pegamento. Naturalmente, el tiempo pasa, las cosas cambian, y uno también
cambia. No sé bien en qué momento salí yo de esa figura o en qué momento dejé
de untarle algún adhesivo a mis zapatos, pero sí sé que me arriesgué por dejar
de hacer siempre la misma cuenta.
Ahí la descubrí a ella; ella, que derrama paz, amor, odio, algunas
lágrimas de alegría y muchas otras de tristeza. Ella, la que es capaz de
transportarme a otros mundos, de mostrarme con mis propios ojos otras
realidades. Ahí me enamoré.
Y acá estoy, sin zapatos, pero volando cada vez un poco más
alto; cayéndome de vez en cuando, sí, pero abriendo mis alas hacia un mundo distinto.
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