Que
ese espejo de tu alma se entrecruzara con el mío, no pudo ser casualidad. Y
tampoco pudo ser casualidad que te cruzara en el café. No puede ser casualidad
que te vea en todos lados; en las páginas de un libro que ya leí, en las virutas
de un lápiz con el que ya escribí, en la borra del café que ya tomé. No, no es
casualidad que aparezcas en días grises, ni que seas una brisa de lo fácil que
te vas. No es una casualidad que en tus
ojos vea cielo, estando rodeado de tanta tierra. Y no, eso tampoco es
casualidad: no es casualidad que te busque para encontrarme, ni que te
encuentre donde me busque. No pudo ser casualidad que las pasiones se entrelazaran esa vez así, sin más. Porque, a mi entender, tantas casualidades juntas no pueden ser
casualidad. Y, entonces, ¿cuántas no-casualidades más tengo que coleccionar,
para que dejes de ser definitivamente una de ellas?
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